La especie que somos, la especie humana, emergió a su propia historia hace unos cien mil años, hasta donde sabemos hoy. Desde entonces, y hasta hace unos cinco siglos, se fue dispersando por el mundo a partir de su centro de origen en África. En el proceso, se disgregó en grupos cada vez más distantes y distintos entre sí. Y así como en la Grecia clásica se llamaba bárbaro a todo el que no fuera griego, en la China imperial se daba el mismo apelativo a todo el que no fuera chino.

Fue apenas entre 1450 y 1650 que esta situación empezó a cambiar. La formación del capitalismo y la navegación a larga distancia dieron lugar a la formación del primer mercado mundial en la historia de nuestra especie, que hacia 1850 ya había puesto en contacto entre sí a todas las regiones del planeta. Así comenzó el camino hacia la formación de una cultura universal, que aún estamos recorriendo hoy. El filósofo inglés expresó tempranamente, en 1624, los primeros momentos de este recorrido en un comentario poético que aún nos conmueve:

Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti

La creación de una comunidad humana de escala planetaria ha sido un proceso azaroso. Basta con recordar las guerras de conquista, la opresión colonial y el saqueo de los recursos humanos y naturales de regiones enteras, y las difíciles secuelas que todo ello ha dejado en las realidades humanas de nuestro tiempo. Aun así, ese proceso ha creado y sigue creando formas nuevas de relacionamiento de los seres humanos entre sí, en su vida social y personal como en las formas de organización de procesos colectivos de trabajo que los vinculan con su entorno.

No cabe duda de que tras estas innovaciones sociales subyacen cambios tecnológicos que van desde la luz eléctrica y el telégrafo en la segunda mitad del siglo XIX hasta el Internet de las cosas y las redes sociales a comienzos del XXI. No se trata de que la tecnología haya creado nuevas capacidades humanas: se trata de su capacidad para potenciar y llevar a nuevos niveles de eficacia capacidades que nos caracterizan como especie.

La vida social y la vida laboral siempre han funcionado mediante procesos de colaboración. Hoy, la tecnología permite ampliar, enriquecer y acelerar esos procesos – y sus consecuencias – como nunca antes. Y esto, a su vez, nos estimula en la búsqueda de formas innovadoras que involucran a un número cada vez mayor de participantes en procesos de colaboración organizados para alcanzar fines cada vez más complejos.

La Ciudad no es ajena a este desarrollo innovador. Por el contrario, la Ciudad es ella misma una innovación en esa modalidad de desarrollo. Esto permite, por ejemplo, entender a la Ciudad como un nodo que vincula tres redes distintas entre sí.

Una es la red interna, integrada por las entidades afiliadas al proyecto Ciudad del Saber. Otra es la red local, en la que participan entidades del país que mantienen relaciones de colaboración con la Fundación y con el proyecto Ciudad del Saber. Y la tercera es la red externa, conformada por organismos del exterior con los que la Fundación mantiene diversas formas de relación, desde la Asociación Internacional de Parques Científicos hasta la Red Iberoamericana de Prospectiva, hasta las universidades del exterior que utilizan los servicios y las redes interna y local de la Ciudad para organizar viajes de estudio a Panamá.

Aún está pendiente la tarea de caracterizar esas redes como un recurso de la Ciudad, para organizar mucho mejor su aprovechamiento. En lo más inmediato, esa organización de hecho en redes permite ofrecer – además de servicios de alojamiento e infraestructura, y privilegios fiscales y migratorios – acceso a múltiples contrapartes a quienes acuden a la Ciudad en busca de apoyo para sus actividades de gestión del conocimiento. Pero, además, esa organización en redes le permite a la Ciudad vincularse de manera cada vez más estrecha y productiva con la propia sociedad panameña.

En la perspectiva de los modelos tradicionales de gestión del conocimiento – aquellos en que las personas van a las universidades a adquirir conocimento, pero no a aprender a producirlo – los beneficios de esta organización en redes resultan invisibles. Para verlos, aprovecharlos y mejorarlos, es necesario encarar esos beneficios desde la perspectiva de los modelos de gestión del conocimiento que van tomando forma en el proceso de globalización en el que nuestra sociedad se insertando cada vez más, por voluntad propia en unos casos, o simplemente por dejarse arrastrar por la corriente.

Lo importante, en todo caso, es comprender que la Ciudad ni es ni puede ser una isla, aislada en sí misma. A casi cuatrocientos años de que John Donne redactar su poema, nos encontramos sin duda unidos a la Humanidad entera de un modo en el que no solo compartimos con otros el dolor de sus pérdidas, sino que además compartimos con muchos la alegría de los aportes a la construcción de un mundo mejor que surgen de los procesos de colaboración que nuestras redes contribuyen a generar. Crecemos con el mundo, para ayudarlo a crecer.